Cultura Urbana
Top 2011: cine

Acá les van nuestras favoritas del año. No se las pierdan. Si no les han llegado, recuerden esto: siempre tendremos Cuevana.
Primero que nada: la cuarta temporada de Breaking bad (creador: Vince Gilligan), que puso a sus protagonistas –el profesor Walter White, ya completamente enloquecido de poder y egomanía, y su ex alumno Jesse Pinkman (el extraordinario actor Aaron Paul)– contra uno de los grandes villanos de la historia de la TV: Gus Fring (Giancarlo Esposito). Los últimos episodios de la temporada contuvieron dos momentos espectaculares: la muerte de Gus, que seguía caminando a pesar de sólo tener la mitad del cuerpo (cap. 13, “Face off”), y la golpiza de Walt y Jesse, una olla exprés que vemos hincharse e hincharse e hincharse hasta que explota y con ella revienta la televisión (cap. 9, “Bugs”).
Para seguir con televisión: Community tuvo al menos tres episodios que deberían pertenecer a cualquier antología anual de imágenes en movimiento. “Advanced Dungeons and Dragons” (febrero 2), “Critical film studies” (marzo 24) y “Regional holiday music” (diciembre 8) llevaron las bien conocidas capacidades de metanarración de Dan Harmon y sus escritores a niveles inauditos, y el tempo de su comedia a una precisión científica acaso no vista desde la temporada 3 de Los Simpson (1991-1992).
Hablando de comedias precisas: Tabloid de Errol Morris, que cuenta un delirante episodio en la vida de la todavía más delirante Joyce McKinney, que fue acusada de raptar y violar (durante un par de días) a su novio, Kirk Anderson, para desprogramarlo del lavado de cerebro que le habían acomodado sus parientes mormones. Tal cual. (Cuenta el episodio y también, claro, la reacción de la prensa amarilla inglesa, que como todos los que hemos visto Notting Hill sabemos, es puro salvajismo.) El humor, logrado muchas veces a base de yuxtaposiciones en un inteligentísimo montaje, raspa por todos lados.
El humor también es parte clave de Beginners de Mike Mills y de Attack the block de Joe Cornish, aunque las claves de ese humor son muy distintas. En Beginners, que tiene uno de los grandes de veras grandes ligues de la historia, el humor es agridulce: sabe a muerte, renacimiento y amor. En Attack the block, sobre el sitio de unos aliens nigérrimos a un multifamiliar jodido en Londres, el humor es adolescente, respondón, pacheco, cinéfilo y también político.
Más en asuntos agridulces: Another year de Mike Leigh tiene dos inclinaciones. La primera es transmitir la capacidad amorosa e indulgente de la pareja protagonista, Tom y Gerry, hacia sus amigos y su familia. En verdad uno quiere pertenecer a ese grupo cariñosísimo aunque infeliz. (Pero todos somos infelices.) La segunda es transmitir el hundimiento de Mary (la sobrenatural actriz Lesley Manville) en un hoyo hecho de alcohol y soledad y lástima. Duele ver eso. Duele tanto que a dan ganas de salirse del cine o de cerrar la computadora o de beberse una botella de whisky de hidalgo y completita.
Y bueno, más arriba de todas ellas, al menos en ambición, están El árbol de la vida de Terrence Malick y The Clock de Christian Marclay. El árbol una de las obras más bellas, más intensas, más ambiciosas que han salido de Hollywood –una de las más irritantes y más literales también. Está completamente libre de sentido del humor. Todos sus asuntos son descomunales: la historia del Universo; la reconciliación del bien y del mal; las razones cósmicas del nacimiento, la muerte, la tragedia; la presencia de Dios y de Su piedad en las plantas y los animales de la tierra; la continuación del alma. Es prima hermana del Libro de Job, de El espejo de Tarkovski y de la modesta –en comparación, pues– 2001: Odisea del espacio.
The clock, película y reloj de pared, procede como un centón, aquellos extraños poemas hechos de versos de otros poemas, o como el Endtroducing de dj Shadow, el primer disco hecho completamente de pedacitos de otros discos. La virtud de The Clock no radica entonces en lo insólito de su procedimiento sino en su alucinante, su descabellada ejecución y su paciencia. Durante 24 horas, que es la duración de la película, vemos miles, miles de recortes de películas de todos los tiempos y todas las procedencias; cada uno de esos recortes se refiere a un minuto del día o, de alguna forma, al paso del tiempo (por ejemplo: a las 13 horas con 14 minutos y medio de película, Orson Welles habla de los suizos y su invención: el cucú); a cada uno de los minutos del día corresponde, cuando menos, un recorte; y el paso del tiempo equivale exactamente al momento del día en que uno ve The Clock. Esto es una película pero también, ya lo dije, un reloj de pared. Como tal, es el ejercicio de una mente prodigiosa pero inútil, disparatada y tal vez incapaz de pensar –es decir: de abstraerse. Es el proyecto extraordinario e insensato de un Funes el Memorioso de la vida real. Es un espejo de este mundo roto en fragmentos que nunca se unirán.

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