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Hojas de ruta

Mercados chilangos

Publicado el 05/05/2011

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Hay muchos mitos alrededor del mercado mexicano: de folclor, de variedad, de surtido; mitos que pueden llevarte al mercado equivocado. Esta pequeña lista mercantil busca lo contrario: despojarte de autos de fe y devolverte a la realidad de los mejores momentos chilangos.

La Merced
Antes de la llegada de la fea Central de Abastos, éste fue el mercado central de México. Para muchos aún lo es. Comenzó a erigirse en 1862, en el predio que ocupó el convento de La Merced (un edificio del XVII), y se inauguró en 1880, aunque el que nosotros conocemos data de 1957. Es gigantesco, pasmoso, inquietante, hormigueante como la propia ciudad: flores, frutas, mil variedades de papas, chiles secos (¡hay que ver esos puestos como pequeños museos colgantes!), un corredor de locales que son también cocinas, donde puedes hallar quesadillas sensacionales, caldos de gallina levantamuertos, pescaditos de un par de centímetros cocinados en hojas de maíz... Borges, a quien inquietaba un verso de López Velarde, alguna vez le preguntó a Octavio Paz a qué sabía la chía (la hermosa palabra viene del náhuatl; se trata de la semilla de una especie de salvia). Paz, con una curiosa solemnidad que en algo rayaba en la cursilería, le respondió: "Es un sabor terrestre.” No hay una mejor forma de comprobar la veracidad de esa afirmación que bebiendo agua de chía con limón en uno de los grandes puestos de aguas frescas, ese arte casi olvidado, de México. Está, naturalmente, en este mercado; no tiene nombre pero he aquí un tip: puerta 21, pasillo 3.
Avenida Circunvalación s/n, Merced Balbuena

Sonora
A unos pasos de La Merced está uno de los mercados más extraños de México –y tal vez de Occidente. Al principio parece una plaza de juguetes: imitaciones tóxicas de Barbie, Nemos al por mayor, cualesquiera imágenes de lo que se te ocurra: el ridículo chavo del ocho, la dama y el vagabundo, Bob Esponja, Dragon Ball... Pronto se convierte en una suerte de festival del kitsch. Por los corredores pasan saleritos para un bautismo, zapatillas para la niña cuyos padres la han sometido a la crueldad de la primera comunión, tristes souvenirs blancos de una boda que, tras el inevitable divorcio, descansarán en la polvosa vitrina de una tía necia... Después el mercado se vuelve otra cosa. Como si nada empiezan a mirarte imágenes de la santísima muerte ("Dame compañía”), muñecos vudú, mujeres que te ofrecen limpias o "un trabajo” –es decir: traerte el amor, derrocar a tu enemigo, arruinar a tu amoroso rival–, polvos y lociones de amor o de dinero o de odio. Es absurdo, pero da miedito. (Para tranquilidad del lector, yo ya tiré polvos de odio tras el paso de un rival, polvos ‘quita calzón’ en las huellas de una mujer amada, y casi me he bañado en la ‘confiable’ loción Miel de Amor. Nada ha sucedido.)
Fray Servando esquina Circunvalación, Merced Balbuena

Medellín
Una tormenta lo devastó, o lo quiso devastar, al principio de los ochenta; poco después, en 1985, fue testigo central de un terremoto que destruyó casi todo a su alrededor. Su nombre oficial es Melchor Ocampo, aunque nadie le dice así, y sus vecinos lo obsequian con un amor que, en general, reservamos para las cosas animadas. Tal vez porque es un sobreviviente. Tiene una zona de ferretería, otra de simples curiosidades y una más o menos bien surtida de comida. En ninguna de ellas está el verdadero ápice, la punta de este mercado. Eso hay que buscarlo en un corredor, que da a la calle de Coahuila, sobre el que confluyen varios restaurantes, todos ellos atendidos por mayoras, el modesto, popular y feliz equivalente mexicano de la chef femenina: señoras que han aprendido a cocinar en casa, por una tradición oral que se forja frente al fuego, generalmente a gritos anteriores al feminismo. Ésta es la más neta cocina mexicana: moles, pozoles, enchiladas: franca e inocente como un niño en una película. (A diferencia de los escuincles de la vida real, que son unas lacras.)
Medellín entre Coahuila y Campeche, Roma

Tianguis de la Guerrero
Un mercado sobre ruedas que, además de ser interesante, curioso y ‘folclórico’, tiene el agregado de requerir visitantes de sangre fría. Empieza sobre el cada vez más fachoso Paseo de la Reforma, frente a Relaciones Exteriores, y termina sobre el eje 1, una de las calles peligrosas de la ciudad. Gastronómicamente no existiría si no fuera por el par de deliciosos puestos de cemitas que puedes encontrar: una suerte de sándwich entreverado en un pan ligeramente dulce de Puebla, que trae chile chipotle encurtido, aceite de oliva, queso de Oaxaca deshebrado, queso de puerco (de preferencia) y polvos mágicos (bueno, sal, pimienta y algo más). Sensacional. Lo más divertido, sin embargo, son los puestos de antigüedades y chácharas. Discos en vinilo de vejez imposible, rarezas de todo tipo y esa alucinante forma del arte popular que son los exvotos, breves pinturas realizadas para agradecer un milagro o una sanación, encantadoramente atribuladas de ortografía y sintaxis excéntricas ("Yo nací y cresí con esta controbercia sexsual”). Cuando termines tu recorrido podrás decir, como muy pocos turistas: "Yo ya estuve en Tepito.” Y casi estarás en lo cierto.
Eje 1 esquina Reforma, Guerrero

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