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El símbolo del martini

En unas cuantas líneas: nuestra receta de martini favorita. Y dónde beberlo en la ciudad de México.
Un martini es un símbolo. Hay un artículo en una Esquire de 1973 firmado por un tal James Villas: El martini –dice– "es símbolo de todo, desde los falsos valores de la burguesía y el esnobismo social hasta un alcoholismo en las últimas o un latente masoquismo.” Tal vez tenga razón pero el martini, torre de transparencias, es también emblema de la soledad más depurada, de la que siempre está a punto de convertirse en una pequeña fiesta de dos o tres invitados, todos dispuestos a la desnudez a que invitan las caricias. El martini es un símbolo, y es, sencillamente, un trago hecho con ginebra y unas gotas de vermouth y bitters, mezclados (no agitados, como le gusta a James Bond, que no entiende de estas cosas) en una coctelera, se sirven en una copa friísima, se acompañan de una aceituna. He aquí una receta implacable, dictada por el gran Luis Buñuel en El último suspiro: hay que tener una mezcladora, bitter de angostura, vermouth (de preferencia Noilly-Prat), ginebra (Plymouth otra vez de preferencia) y comprobar que el hielo esté muy duro, a unos 20 grados bajo cero para que no licue el trago. "Pongo el hielo en la mezcladora –escribe Buñuel–, echo unas gotas de Noilly-Prat y media cucharadita de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo, que ha quedado levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre el hielo vierto la ginebra, agito y sirvo. Eso es todo, y resulta insuperable.”
Si hoy nos preguntaran diríamos que nuestro martini favorito en el Distrito Federal está en la terraza del hotel Hábita (Masaryk 201, Polanco; todos los días hasta las 2 de la mañana), al calor de su chimenea de cuatro metros o recargados en la orilla del edificio a cuyos pies se extiende Chapultepec como una prometedora alfombra verdinegra.
Si hoy nos preguntaran diríamos que nuestro martini favorito en el Distrito Federal está en la terraza del hotel Hábita (Masaryk 201, Polanco; todos los días hasta las 2 de la mañana), al calor de su chimenea de cuatro metros o recargados en la orilla del edificio a cuyos pies se extiende Chapultepec como una prometedora alfombra verdinegra.

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