Spirits13/05/2015

El símbolo del mojito

Hubo un tiempo en que Cuba era un bálsamo irresponsable, elegantísimo y calenturiento. Ese tiempo pervive en el mojito.

La Habana era el paraíso del coctel, Michael Corleone repartía la isla –simbolizada en un pastel– entre las cinco famiglie neoyorquinas y un lépero y tambaleante Ernest Hemingway se paseaba por Cojimar... Ahora, aunque se atisba un cambio, Cuba vive aplastada por un régimen injustificable, siempre a punto de alzarse como un puño ensangrentado, y los días de la elegancia sobreviven sólo en un vaso: el del mojito.

Es un trago tan elegante, tan refinado, que es casi imposible creer que para mezclarlo se necesite de una suerte de tejolote flaquitito o un microbat de béisbol.

Así es un mojito (ojo: el orden de los factores altera el producto): se pone un poco de azúcar, el jugo de medio limón y unas hojas de menta en un vaso de extrema transparencia; esa mezcla se aplasta con el tejolote o mano de mortero para formar un jarabe a partir del aceite liberado por la menta; si a este sirope le agregas el limón exprimido y le das un par de golpes más la cáscara sumará un toque amargo que dará al mojito su ponedora quintaesencia. Los últimos detalles: ron (se acepta Havana Club blanco), hielo, soda y un último adorno de menta.

Es un trago sencillo y perfecto.

GLAM OUT

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